Finalmente, encontró en la psicología el espacio donde encajaban mejor todos sus intereses.
A partir de aquí, empezó su camino hacia la especialización en psicología clínica de adultos. A tercero de carrera, hizo una estancia Erasmus de seis meses en Oslo (Noruega) y centró su trabajo final de grado en la psicología social, con una investigación sobre el feminicidio.
Al terminar la carrera, vivió un momento de incertidumbre y decidió regalarse un año sabático. Aprovechó para viajar y formarse en diferentes ámbitos, como la violencia sexual o la escritura terapéutica. Después de este periodo, hizo un máster iberoamericano de terapia sistémica, un enfoque que no solo ve la persona de manera aislada, sino que tiene en cuenta su entorno y sus relaciones, y como todo esto influye en ella. Su idea era hacer las prácticas en Chile, pero la pandemia se lo impidió y las tuvo que hacer en formato virtual. Años más tarde, tuvo la oportunidad de viajar a Chile y conocer a su profesor.
Su primera experiencia profesional fue en una entidad donde hacía terapia familiar. Más adelante, inició su propio camino atendiendo pacientes, hasta que sintió la necesidad de encontrar un trabajo más estable. Fue entonces cuando llegó a la Fundación CorAvant: “La oferta me pareció muy alentadora. Era un acompañamiento muy específico y me llamó la atención. Era un ámbito nuevo para mí y tenía ganas de explorar cómo podía aplicar mis conocimientos.”
Ahora que ya hace un tiempo que trabaja en la Fundación, cuenta que le gusta mucho trabajar con niños y niñas, a pesar de que se siente especialmente cómoda con los adultos, con quienes puede profundizar en aspectos como la preparación para una intervención quirúrgica o el impacto del diagnóstico y todos los temas que puedan surgir:
“Me gusta mucho acompañar y ayudar a calmar este primer impacto. Y también que la persona pueda descubrir, a través de mi acompañamiento, los recursos y las capacidades que ya tiene. Quizás son herramientas que ya había utilizado en otros momentos de la vida, por ejemplo, cuando era más pequeña, y que ahora puede recuperar.”
Para Marina, una de las partes más valiosas de su trabajo es ver el proceso de transformación de las personas: “Es muy bonito e inspirador ver el progreso. Personas que llegan muy hundidas, que no encuentran sentido a su vida, y que, poco a poco, lo van recuperando. También me gusta mucho hacerlas reconectar con aquello que les hacía sentir bien antes: sus aficiones, sus intereses… y trabajar a partir de aquí.”
Y fuera del trabajo, ¿dónde la podemos encontrar?
“Me encanta el arte en general: leer, escribir, hacer fotografías, ir a exposiciones, al cine o al teatro… todo lo que tenga que ver con la creatividad. Pero sí que es verdad que lo que más me gusta es la fotografía y siempre he estado muy vinculada a ella.”
Esta pasión le viene de casa. Su madre es fotógrafa y, cuando ella y su hermana eran pequeñas, siempre llevaba encima la cámara analógica y les hacía muchas fotos y videos: “¡Tenemos material para hacer películas!”.
Con los años, Marina ha ido profesionalizado este interés, combinándolo con su formación en psicología a través de diferentes cursos de fotografía. Durante la pandemia, inició un proyecto muy personal, fotografiando las curas que, junto con su abuela, hacían a su abuelo, que sufría demencia. Este trabajo dio lugar al foto libro Algo que me queda, un proyecto sobre el envejecimiento y todo aquello que no se muestra en los álbumes familiares: “Para mí es un homenaje a mi abuelo.”
Pero este no es el primer proyecto que Marina hace relacionando su pasión por la fotografía con la psicología. En el trabajo final del máster en terapia sistémica, investigó como los terapeutas familiares utilizan las fotografías del álbum familiar como herramienta para trabajar el trauma, las relaciones y las ausencias.
Pero no solo le apasiona la fotografía, también le gusta recorrer tiendas de ropa y objetos de segunda mano y viajar para descubrir nuevas culturas con su gastronomía, música, creencias, vestimenta: “Los viajes que he hecho más lejos han sido a Chile, Colombia y Nueva York; y algunos los he hecho sola. El primero fue cuando tenía 22 o 23 años en Nueva York. Y, después, también viajé sola en Fuerteventura, buscando un poco de calma después de estar en la gran ciudad.”
Curiosa e inquieta por naturaleza, continúa formándose constantemente:
“Actualmente, estoy haciendo un curso vivencial centrado en la parte más corporal. Siempre he trabajado mucho desde la palabra y la parte más mental y sentía que me faltaba esta otra dimensión.”
Además, también forma parte del colectivo Fotoeduterapia, que une fotografía, educación y terapia. Allá participan profesionales que son psicólogos y fotógrafos y desarrollan formaciones en fotografía terapéutica: “El año pasado yo era alumna del curso y este año formo parte del equipo docente, dinamizando grupos y trabajando aspectos como la identidad a través de la imagen.”
A Marina, la curiosidad, la sensibilidad y las ganas de entender las personas le acompañan en todos los ámbitos de su vida. Su trayectoria refuerza nuestro compromiso de continuar ofreciendo un apoyo próximo y de calidad a las personas que tienen una cardiopatía y a sus familias.