Editorial

Una noche de miedo

Rosa Jové, psicóloga infantil. Autora de Dormir sense llàgrimes (2007) y La crianza feliz (2009), editados por La Esfera de los Libros

¿Quién no se ha despertado alguna vez repentinamente en medio de una pesadilla? La psicóloga infantil Rosa Jové, nos ayuda a saber qué hacer ante las pesadillas y los terrores nocturnos de los pequeños. Nos cuenta que cuando los adultos estamos estresados podemos desahogarnos con nuestra pareja o explicarle lo que nos pasa. Los niños también necesitan hacer tangibles estos sentimientos no canalizados y convertirlos en un símbolo: “Es entonces cuando aparecen historias con personajes temibles”, nos dice, entre otras cosas.

A partir del año de vida del niño, entre las alteraciones infantiles más frecuentes podemos destacar las pesadillas y los terrores nocturnos. Monstruos, brujas o fantasmas llenan algunas noches y provocan despertares angustiados. Mucha gente los confunde, pero se trata de trastornos diferenciados. Cuando nuestro hijo o hija da señales de tener uno u otro es importante distinguirlos, porque su abordaje es bien diferente. Veamos qué valor hay que darles y como los podemos acompañar.

“Sueños malos”

El niño que vive una pesadilla despierta aterrado, recordando un sueño espantoso: “… justo en el momento en que un enorme y horrible monstruo me iba a devorar, me he despertado”.

Las pesadillas son sueños desagradables que se recuerdan. A veces puede haber un despertar con espanto, pero en otros, simplemente, al día siguiente recordamos que hemos tenido un sueño desagradable. Habitualmente se dan durante la segunda mitad de la noche (en la fase REM del sueño), y el niño los vive, a veces, medio despierto, o se despierta muy fácilmente recordando de manera clara lo que soñaba. Entonces, en medio de un llanto más o menos intenso, reclama el consuelo de sus padres, y le puede costar volver a dormirse porque el miedo puede ser persistente.

Las pesadillas no afectan a todas las edades de la misma manera: mientras entre los 4 y los 7 años se manifiestan de manera moderada, aumentan mucho entre los 8 y los 10, y se vuelven a reducir entre los 11 y los 14; más tarde, van disminuyendo hasta prácticamente desaparecer.

Se hace difícil identificar esta alteración antes de los dos años: primero, porque sin haber adquirido el lenguaje, la única manera de saber si un pequeño tiene pesadillas es por la alteración de su comportamiento cuando se despierta a media noche, lo que podemos confundir con otros trastornos, sobre todo si es un niño o niña pequeño que se despierta con frecuencia, y no sabemos si es por miedo, por hambre o por sed, o por otros motivos. En segundo lugar, hay expertos que cuestionan que, antes de los dos años, la imaginación pueda ser lo suficientemente rica para provocar una pesadilla bien estructurada: un bebé no es capaz de imaginar que un monstruo sale del armario porque no sabe qué es ni un monstruo ni un armario. Sin embargo, sabemos que los niños tienen la fase REM del sueño desde muy pequeños y, por tanto, a su manera, pueden tener sueños buenos y sueños malos, que los hacen experimentar sensaciones agradables o de sufrimiento.

El tiempo ayuda

En la mayoría de los casos, las pesadillas son un trastorno pasajero que mejora con la edad, porqué los niños y niñas suelen ser más asustadizos que los adultos. Por ello es recomendable tranquilizarlos y no hacer ninguna otra intervención.

No obstante, los padres y madres que consultan a un profesional por pesadillas no lo hacen porqué su hijo o hija tenga de vez en cuando (como nos pasa a todos), sino porque tienen cada noche o porqué siempre sueñan lo mismo. En estos casos la alteración, supuestamente benigna, suele ser el indicador de un estado de ansiedad latente en el niño, y el hecho de tranquilizarlo no será suficiente para evitar que se repitan.

¿Los niños sufren ansiedad? ¿Qué clase de angustia puede provocarles pesadillas? Muchos autores coinciden en que hay períodos críticos para los niños y niñas durante los que suelen sufrir ansiedad. Si en estos momentos reciben apoyo y comprensión, el tema se reducirá a una inquietud pasajera y simple, pero en cambio, si no se resuelve, puede dar lugar a verdaderas manifestaciones ansiógenas: una de las más frecuentes son las pesadillas.

¿Cómo ayudarlos ante una pesadilla?

  • Si tienen días más tranquilos, menos estresados, con más contacto con los padres, las noches también serán más tranquilas.
  • Si tiene miedo desde el momento de ir a dormir, el hecho de dormir acompañado, con una lucecita encendida o la puerta abierta puede reducir la ansiedad.
  • Cuando se despierta asustado, le tranquilizaremos sin quitar importancia a lo que le pasa y evitaremos frases como “no ha sido nada”, “no tiene importancia”, sino más bien con un: “tranquilo, estoy aquí contigo”.
  • Cuando se despierta asustado, tranquilizar sin quitar importancia a lo que le pasa y evitaremos frases como “no ha sido nada”, “no tiene importancia”, sino más bien con un “tranquilo, estoy aquí contigo”.
  • Cuando son más mayores y diferencian la realidad del sueño, ya podremos incluir un “sabes que sólo era un sueño”, pero no antes.
  • Si la pesadilla tiene una temática repetitiva, podemos construir una historia alternativa con el sueño, donde el monstruo desaparezca y el final sea feliz.

Dormimos aquello que vivimos

En general, los niños son muy susceptibles a todo lo que ocurre a su alrededor. Son muy receptivos a determinadas situaciones, tales como discusiones frecuentes de los padres, cambios de casa o de escuela, conflictos en la familia, hechos que fácilmente les producen ansiedad, sobre todo si no los pueden entender y ninguno de nosotros, los adultos, no les ayudamos si no ponemos palabras que identifiquen lo que está pasando en casa.

El mecanismo suele ser el siguiente: todas estas situaciones generan emociones y sentimientos que el niño no puede asimilar fácilmente, ni siquiera durante el día. Los adultos tenemos menos posibilidades tener pesadillas porque, en principio, durante el día, podemos digerir y canalizar mejor las emociones y los sentimientos. Cuando estamos estresados, preocupados o en medio de un conflicto, a menudo podemos desahogarnos un poco con nuestra pareja o explicarle lo que nos pasa, o hacer un café con una amiga. Los niños obviamente no cuentan con estos recursos de adultos, pero se cargan igualmente de todas las vivencias que van teniendo. Necesitan, pues, hacer tangibles estos sentimientos no canalizados y convertirlos en un símbolo. Es entonces cuando aparecen historias con personajes temibles y todo tipo de monstruos, símbolos de sus sentimientos.

En otros casos, determinadas situaciones vividas durante el día se vuelven a experimentar por la noche “hoy he soñado que la maestra me volvía a reñir”, o son revividas en sueños, pero de una manera distorsionada “hoy he soñado que en la escuela había un monstruo que gritaba fuerte” que, en realidad, es la misma maestra que regaña.

Antes de los cinco años, los niños se pueden despertar y pensar que la pesadilla ha sido real o que no se ha terminado y, por tanto, estarán muy inquietos cuando nos llamen y vamos a su lado. En cambio, hacia los ocho años, se pueden despertar alarmados y explicarnos que han tenido una pesadilla, pero decirnos ellos mismos que ya ha pasado todo y volver a dormir bien, de una manera relativamente sencilla.

 

Rosa Jové