Editorial

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La prensa impone modas, opiniones, pensamientos más o menos acertados y efímeros. La insistencia con que nos tortura como una carcoma con las mismas noticias, ideas, expresiones y palabras, no hacen sino que revelar el carácter artificioso del circo de la comunicación.

¿Las cosas son así y no hay nada que hacer? ¿Palabrería imparable como una avalancha, nadie es responsable? ¿Palabrería impensada, pues? Cada día, todos los medios, televisiones, emisoras de radio, revistas y periódicos parece que los hayan hecho los mismos profesionales. Se copian entre sí como los malos estudiantes que no se saben la lección. Pero no sólo repiten las mismas noticias, lo que tendría una cierta lógica si el objetivo fuera informar. Además, hablan, por ejemplo, de focas, de tulipanes, de colecciones insólitas y del mismo récord Guinness para acabar de rellenar la edición diaria. Sólo los diferencia la carga ideológica o los intereses del lobby que los controla. Pero lo que les da un aire de charlatanes es ver cómo caen miméticamente en la facilidad. El periodismo de hoy vive tan apresurado que todo se convierte en volátil y, por tanto, no importa nada la densidad del pensamiento reposado. Y es bien sabido que, para eludir la realidad y no detenerse a captar la sustancia de las cosas, lo mejor es enganchar una etiqueta. No es necesario saber qué hay dentro de cada frasco, con la etiqueta ya basta. No importa que puedan verter café en la lavadora o detergente en la cafetera. Ellos no se han equivocado. En todo caso, culpan de la chapuza al rótulo mal puesto. Estos últimos días han tachado de díscolos tres parlamentarios que no han votado como la mayoría de su partido. ¿Por qué díscolos? Toda la prensa ha aceptado el adjetivo acríticamente. Quien tuvo la idea les colgó el sambenito con toda la mala intención del mundo, porque el epíteto no los describe objetivamente. Díscolo, en catalán, no es una palabra muy corriente. Tenemos otras soluciones más vivas, como «rebec», que se aplica, como díscolo, al joven difícil de reconducir por el buen camino. ¿Las dos señoras diputadas y el señor diputado son una terna obstinada e irracional que se ha dejado llevar por un arrebato adolescente? Ay, el poco cuidado de los medios incapaces de cambiar de chip y de hacer una pausa para poder consultar el diccionario… Saberlo leer e interpretar ya depende de otros factores. ¡Cuesta tanto, a veces, sacar una etiqueta! Cambiemos de chip. Pongamos otra encima. ¿Sería adecuado decirles discordantes o discrepantes con el partido, leales a los votantes, coherentes con el programa electoral? Bien mirado, díscolos son los testarudos, los encumbrados, ¿verdad?

 

Jaume Comas
Fundación CorAvant