Editorial

Escuchar voces o el gusto de las fresas

La columna de Jaume Piqué

Me fui a vivir a otra ciudad, y cambié de médico de cabecera para poder tenerlo más cerca y no tener que hacer 60 kilómetros en caso de tener que visitarme. El mismo día del trámite, pedí la primera visita. El médico debe conocerte, debe saber qué cara haces cuando estás bien. El día señalado me presenté a mi nueva doctora y le hablé de lo que creía importante en mi salud. Le expliqué que había muerto una vez.

Tenía doce o trece años. ¡Aún no había hecho los quince, seguro! Estábamos en un campamento de verano con la cuadrilla con la cual cada sábado y regularmente hacíamos excursiones. Cerca de donde habíamos plantado las tiendas había un arroyo que discurría por el lado de una pequeña iglesia románica. Unos metros más arriba el arroyo  se ensanchaba y hacía como una balsa. El primer día que tocó bañarnos pudimos comprobar que el agua no pasaba de las rodillas. Alguien dijo que amontonando piedras podríamos hacer como un embalse. Ramón no se lo pensó dos veces. Tomó una piedra del río y lo lanzó hacia donde se encontraba el inventor de la idea. Sin embargo, entre Ramón y el inventor la piedra encontró mi cabeza. “Aún tengo el chichón”, expliqué a la doctora que me escuchaba, mientras hacía caras – de sorpresa o sonrisa – según lo que iba explicando, expresando interés. Por un instante pensé que se me había partido la cabeza como quien rompe la cáscara de un coco en cuatro o cinco trozos. Caí en el agua helada. Oscureció. Sí, seguro que habéis escuchado historias como esta alguna vez, pero cada una es diferente.

Yo soy de los que vieron un túnel. Bien, en esa oscuridad aparecieron imágenes de mi vida. Pasaban muy rápidamente, una detrás de otro. No eran las que habría pegado en un álbum sobre las cosas importantes en mi vida y aparecen de manera que una da sentido a la otra, como encadenando la causa-efecto de la existencia. Después de esa revelación vino una explosión de luz. Nada me dolía. Nada. “No experimentaba ninguna sensación. Caí en la cuenta que en ese estado no sentía el dolor físico, pero tampoco podría gozar del sabor de una fresa. ¿Sabe qué le quiero decir, doctora?” Ella movía la cabeza invitándome a continuar. El brillo no molestaba. No me notaba fuera del cuerpo. Ante mí el brillo adoptaba ciertas formas, como unas figuras sobre un fondo, con el mismo brillo pero más densas. Entre yo y esas formas había una distancia, un espacio. Pensaba en las fresas cuando me sobrevino una pregunta:”¿Qué quieres hacer?” Era como si una voz me pidiera “y ahora qué”. Pensé que si cruzaba esa distancia, ¡adiós fresas! Quién sabe si podría volver. Y respondí: ”Puedo esperar y así vivir más experiencias. Ahora sé que al final la recompensa a la vida es mucho mayor”. No hay dolor, pero tampoco fresas. Me levanté y vi que Ramón venía corriendo hacia mí preocupado por si la piedra me había matado. Con todo caí al agua y me levanté. “Doctora, tuve la impresión de que había transcurrido mucho más tiempo”. Comenté a mi nueva doctora que ahora cuando alguien me habla de muerte, me vuelven esos poderosos recuerdos. ¡No sé qué habría pasado si hubiera decidido saltar al otro lado! Pregunté a la doctora si había tenido una experiencia similar. Parece ser que no. Ella había oído la historia sin interrumpirme. Y cuando estuvo segura de que yo había terminado, de que no tenía nada más que añadir, me dijo: “Así que… ¿dices… que oíste voces?” Uy, uy, uy… tragué saliva. ¿Qué quería decir?

“Había una distancia, un espacio entre yo y las formas”. A menudo se explica la transición de la vida a la muerte como el cruce de un río; tal vez como esta foto de la amiga Berta Oromí, una impresión del río Segre-hecho con pinturas de acrílico-tal y como es la mayor parte de septiembre en su recorrido por los Pirineos.

 

 

Jaume Piqué