Editorial

Una tarda de junio, un conversación con un poeta

La columna de Jaume Piqué

Una tarde de junio, participé en un programa de radio. Se grababa a las cinco y se emitía unos días más tarde, a las diez de la noche. Conocía al presentador y me invitó porque sabía que impartía clases desde hacía más de veinte años a jóvenes de los primeros cursos de universidad. También invitó a un joven, un estudiante destacado, aficionado a la escritura. El invitado estrella fue, sin duda, el poeta de Sabadell Francesc Garriga y Barata. En resumen, el presentador eligió tres personas de diferentes edades para hablar sobre el hecho de ser joven y de cómo se percibe la juventud según la edad. Esa debía ser  una de las últimas entrevistas de Garriga en un programa de radio. Murió al año siguiente, en el mes de febrero de 2015, en Bellaterra, donde vivía. Tenía 82 años. Había sido profesor de arte y literatura en un instituto, participada a menudo en programas de radio y televisión hablando de libros, pero también de fútbol, que le gustaba.

Garriga se encontraba bien con la gente joven. Era un habitual de las sesiones semanales de poesía que se organizaban en el bar Horiginal- sí, con H- en Barcelona, lleno de jóvenes aspirantes al arte de la escritura. Escucharlo daba la impresión que se había liberado de los tópicos y presunciones sobre los temas de la naturaleza humana. Me pareció una persona libre, con ideas propias. Tal vez por eso se entendía tan bien con la gente de una edad en que te preguntas quién eres y qué queremos hacer en este mundo. Volviendo a esa tarde de junio en la radio, una vez escuchado el programa creo que mi intervención más apropiada era la pregunta: ¿en qué momento dejamos la adolescencia para convertirnos en adultos? El paso de la infancia a la adolescencia tiene marcas físicas, se nota. Pero ¿hay algún momento en que cualquier señal inequívoca nos dice que la adolescencia ha terminado y que entramos en esta nueva etapa que llamamos edad adulta? Garriga giró su cabeza y me miró con pícaros, pequeños y azules: “¿en qué momento? No hay un momento. En cada paso de la vida tomas las decisiones que tomas” dijo.

¡Pues claro! Pensé que era tan obvio. La madurez de una persona no depende de su edad, sino de las decisiones que toma. Es nuestra actitud, cómo afrontamos lo que vivimos, la madurez. De pronto comprender que a menudo estas personas en plena ebullición hormonal y en la búsqueda de la propia identidad, la gente joven, nos dan una buena lección a los que se supone que son personas adultas y sensatas. Y por esa razón, más de una vez, ¡los adultos parecen criaturas! Tuve suficiente con veinte y cinco minutos de conversación una tarde de junio, en una radio, para entenderlo. ¡Es lo que pasa en la vida cuando por el camino encuentras un poeta!