Editorial

Prejuicios

La columna de Jaume Comas

No solemos confesar que tenemos prejuicios. Pero todos tenemos, poco o mucho. Somos conscientes de ello cuando nos damos cuenta de que hemos cambiado de opinión. La inercia mental que nos hace decantar por una idea, un pensamiento o cualquier opción a escoger, pero sin ponderar pros y contras, pertenece al reino de los prejuicios. Es el absolutismo que nuestro interior nos impone el capricho o el acarreo del antiguo régimen sin luz e irreflexivo contra el cual no nos hemos acabado de sublevar. Decidimos más por los sentimientos que por la razón. Aún no somos suficientemente civilizados. Es así. No menos, el prejuicio nos hace decidir incorrectamente. ¿Por qué somos incapaces de admitir y de confesar nuestros prejuicios? ¿Quizás porque paradoxalmente prejuzgamos que nos tachen de intolerantes e injustos o, cuanto menos, de desinformados? La ecuanimidad es una virtud que no se ha exigido históricamente a la plebe, al pequeño pueblo, y al súbdito. La capacitad de ser justo y, por lo tanto, de no prejuzgar, es un privilegio del poder. El comportamiento razonable y justo se atribuye a la obra del buen gobierno, como el ahorcamiento inicuo y despótico designan el mal gobierno.

Actualmente, en democracia, los ciudadanos también ejercemos iniquidad o ecuanimidad porque en nosotros recae la soberanía plena, cuando menos, teóricamente. Cuando votamos somos totalmente libres de emitir un veredicto a favor o en contra del candidato o de la opción en discusión. Ciertamente no emitimos un juicio inapelable —salvo los tribunales populares— para establecer la culpabilidad o la inocencia de alguien, pero sí que nos hacemos avalistas y, por lo tanto, responsables del programa político y de la acción de gobierno que ejercerá nuestro candidato. De hecho, con el voto, ¿no nos comprometemos a pedir la futura rendición de cuentas?

Ahora bien, los prejuicios en las elecciones, sabemos todos, se manifiestan en la apariencia de las personas, la indumentaria, la fotogenia, el gesto, el talante y, en definitiva, el carisma personal. El hecho de decantarnos con prevención irracional también es deudor de la proximidad ideológica, del sistema de valores, de la adscripción a las fidelidades culturales, a la vecindad identitario, a las familiaridades, etc… Un chip que debemos cambiar. Si queremos una política renovada y más democrática empecemos por reconocer y sacudirnos nuestros prejuicios en el momento de decidir.